Batalla de Puente de Calderón

Después de sufrir derrotas en Aculco y en Guanajuato, las tropas insurgentes se concentraron en Guadalajara.
Por su parte, el gobierno virreinal, se proponía dar un golpe definitivo a las fuerzas insurgentes buscando terminar con el movimiento armado.
Con esa intención, se dio la orden de que las mejores divisiones realistas actuaran conjuntamente y tomaran Guadalajara.
El ejército de Calleja, correspondiente a la tercera división, hallándose en los alrededores de Guanajuato, emprendió la marcha y logró alejar a los insurgentes a su paso por Aguascalientes, así como también someter a Silao, León y Lagos.
De acuerdo con el plan a seguir, Calleja debería esperar a las otras divisiones realistas para emprender la batalla contra los insurgentes.
Calleja, con el deseo de no compartir la victoria con los otros jefes realistas, parte en busca de un ejército, el insurgente, el cual desconoce pero que considera fácil de vencer.
Para llevar a cabo sus planes Calleja cuenta con 6 mil soldados perfectamente armados y disciplinados, correspondiendo casi la mitad a la caballería, además tiene diez piezas de artillería y gran catidad de municiones.
Por su parte, los insurgentes permanecen en Guadalajara en donde las turbas que se habían unido al movimiento independiente, eran organizadas por Abasolo.
Con ellas, Abasolo integró siete batallones de infantería, seis escuadrones de caballería y dos compañías de artillería, armados con fusiles viejos o rehabilitados.
El grueso del ejército insurgente estaba conformado por un contingente de campesinos y de indígenas con lenguas diferentes, trajes distintos, indisciplinados y armados con sus instrumentos de labranza, con machetes de mala calidad, hondas, arcos y flechas.
Aquel ejército tan heterogéneo sumaba unos cuarenta mil hombres - otras fuentes dicen que eran 100 mil -, de los cuales unos 20 mil eran jinetes.
Sin embargo, aquellos jinetes montaban caballos pequeños, flacos, espantadizos, desobedientes a la rienda, en suma, inservibles para las acciones de guerra ya que estaban entrenados para los trabajos agrícolas.
En Guadalajara, los insurgentes habían fabricado con sus escasos medios, cohetones con puntas de fierro para lanzarlas contra la caballería enemiga y granadas para ser lanzadas a distancia por los honderos.
A pesar de esas carencias, la esperanza de los rebeldes para ganar la batalla la cifraban en la posesión de 95 cañones, 44 de ellos provenientes de las fundiciones reales y transportados desde San Blas, prácticamente en hombros.
El resto sólo eran malas copias de cañones fabricados con tubos de cobre con la técnica del vaciado de campanas y de corto alcance.
Ante el inminente enfrentamiento entre las fuerzas insurgentes y realistas, Allende, como militar de carrera, con principios disciplinarios y escogido el campo de batalla, propuso que:
·    Únicamente salieran a combatir la parte del ejército organizado, apoyándose en la artillería útil.
·    El grueso del ejército permaneciera en Guadalajara para ser organizado.
·    En caso de sufrir algún revés, la retirada contara con elementos de defensa y apoyo en la ciudad..
Hidalgo se opuso a la táctica militar de Allende argumentando que el ejército insurgente no corría ningún peligro, dada su superioridad numérica ante las fuerzas realistas.
La opinión de Hidalgo prevaleció y las fuerzas insurgentes salieron de Guadalajara rumbo al Puente de Calderón.
El Puente de Calderón, ubicado a unos 60 kilómetros de Guadalajara, fue el sitio que Allende y Abasolo escogieron, por las características del lugar, para la contienda.
El ejército insurgente quedó organizado de la siguiente manera:
·    La artillería quedó bajo la dirección de don José Antonio Torres - el amo Torres -.
·    De la caballería se encargó don José Mariano de Abasolo.
·    Las reservas las dirigió don Miguel Hidalgo y
·    El dirigente en jefe de la batalla era don Ignacio Allende.
En el campo realista, Calleja también organizaba sus estrategias, particularmente después de enterarse de la posición de la artillería insurgente.
Calleja organizó tres columnas de ataque:
·    Una de caballería que atacara el flanco izquierdo insurgente hasta penetrar al área de reservas enemiga.
·    Otra mixta: de caballería e infantería con el apoyo de cuatro cañones que atacaría el lado derecho de los insurgentes, donde estaba localizada la artillería.
·    La infantería, propiamente dicha, fue destinada para atacar el centro y Calleja quedó al mando de las reservas para proporcionar refuerzos donde fuera necesario.
El "amo" Torres, quien defendía el ala derecha, rechazó en dos ocasiones el ataque realista.
En el flanco izquierdo los realistas, también fueron rechazados.
Calleja atacó el centro con seis cañones y atravesó el Puente de Calderón pero se dio cuenta de las dificultades de las otras columnas y que el desorden comenzaba a cundir.
El jefe realista multiplicó sus esfuerzos tanto para reorganizar a su ejército como para reforzar las alas izquierda y derecha que eran objeto del virulento ataque de la artillería insurgente y de sus honderos indígenas.
Los resultados de la contienda aún era imprecisos, sin embargo, el ejército insurgente cobraba ventaja mientras los realistas percibían ya la derrota.
Un hecho imprevisible cambió el rumbo de los acontecimientos: una granada cayó en un carro de municiones cercano a la división insurgente localizada detrás de la artillería principal.
El estruendo de la explosión que se produjo causó pánico entre la muchedumbre insurgente, la que corrió en diversas direcciones en el más completo desorden.
Además, el pasto seco propagó el incendio con dirección hacia las cajas de parque destinadas para los cañones.
El viento que soplaba hacia los insurgentes, condujo el humo hacia ellos, impidiéndoles toda visibilidad.
Ni tardo ni perezoso, Calleja aprovechó la situación y con todos sus elementos disponibles: caballería, artillería e infantería cargó contra los insurgentes, con verdadera saña, haciéndoles retroceder.
Aún en circunstancias tan difíciles, Allende, Aldama y Arias hicieron frente a los realistas para proteger la retirada de los desperdigados soldados insurgentes.
Los realistas, resentidos contra quienes hasta hacía poco los estaban derrotando y envalentonados con aquel golpe de suerte que les dio la victoria, se dedicaron a perseguir ferozmente a los que huían, dejando numerosos muertos en el campo de batalla.
¡Por fin el sueño de Calleja se hizo realidad! Ocupó las posiciones de los insurgentes que le redituaron 87 cañones, armas, municiones y banderas, incluyendo algunos uniformes de Hidalgo que fueron a parar a las manos del virrey.
A pesar de la derrota sufrida por los insurgentes en el Puente de Calderón, los realistas pagaron el tributo a su osadía pues en dicha batalla perdieron aproximadamente mil hombres.
Por su parte Calleja, como siempre, infló a su favor el parte de guerra que envió al virrey.

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